lunes, febrero 05, 2007

Verbo divino tesoro

“Y... ¡qué importancia la del verbo frente a la vida!”
Diario argentino, Witold Gombrowicz

Si vivo esta vida que me ha tocado, y sufro penurias, malasangres, preocupaciones y migrañas es sólo para que me sea permitido morar en el otro mundo, el verdadero: el de la literatura. Lo que ocurre en esos universos que son creados y destruidos con la misma facilidad constituye la realidad. La otra, la vida vulgar, es una vil copia que deforma todo. Si no que alguién me explique por qué debemos soportar los intersticios, el tiempo muerto, extenso y agotador, que transcurre entre evento y evento. Y si fuerán hechos que valieran la pena, todavía, pero tan sólo son pálidas imitaciones de aquel universo literario, el verdadero. Un romance por aquí, una pequeña trifulca callejera por acá, casamientos aburridos, muertes espaciadas por causas naturales, todos eventos en escala diminuta, frente a lo diverso, lo grandioso de la página escrita. He aguardado en vano revoluciones, conquistas, heroés y villanos, y sólo veo personas que erran, que incluso en su maldad resultan francamente rídiculas y risibles. Se me objetarán cinco presidentes en una semana, un submarino hundido frente a las costas de Mar del Plata, un conquistador engullido por los indios, y yo diré que esos son eventos que forman parte de la Historia, esos que quedarán en los libros: en una palabra literatura. Aquello que pareció disgragado y caótico se convierte en vuluptuoso e inspirador, unos tipejos que cacerolas caminando displicentemente para apaciguar el agobiante calor de dicimiembre se convierte en una multitud vociferante y decidida que por su sola fuerza de voluntad lograron quebrarle la muñeca a un presidente abúlico que termino por renunciar. La “juventud maravillosa” de los '70, que se creyo capáz de cambiar el mundo sólo con desearlo violentamente y terminaron tirados en el fondo de un pozo sin marca se convierten, verbigracia, en una épica -dolorosa, sí, triste, sí- con final anunciado y no por derrotados se nos aparecen menos valientes, ya que no errados (por lo menos en lo estratégico, ya que en lo táctico...).
Por tanto resulta dolorosamente obvio que está vida no existe, es sólo un medio para un fin. Ese trabajo hacia el cual reptamos day in, day out es el modo que tengo de procurarme los libros que acaricio cuando puedo dejar de lado lo urgente para dar lugar a lo importante. Si tengo que comer, caminar, sentir calor y frío, si soporto todo lo que ellos throw at me siendo la impavidez hecha persona (gracias Angelica Gorosdischer), es porque se que es un rito de iniciación que debo superar para que se me abrán las Puertas del Cielo, y lo hago gustoso, a sabiendas que si no está en los libros jamás ocurrió.

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