El Fútbol no es salud
La semana pasada, a falta de algo mejor que hacer, decidir acompañar a mis compañeros de trabajo a jugar al fútbol y, maldito el momento en que se me ocurrió, involucrarme en el deporte pasión de multitudes.
Como llegamos tarde, y los minutos pasaban (y ya nos habían cobrado la cancha), entramos directamente a jugar, sin precalentamiento previo. A lo sumo, pense, me doleran los muscúlos un poco a la noche. ¿Sos hombre o no sos hombre? No paso mucho para conocer la respuesta.
Ya a la primera jugada, barrí en busca del balón, pero lo único que quite fue piel de mi rodilla. Pobrecita, quedo lacerada y dolorida. A la segunda, lo mismo. No me tiro más al piso, me dije, y problema solucionado... no más dolor.
Como mis pases eran menos que atinados, termine el partido en el arco, lugar en que tuve un desempeño decoroso... con los pies. Ataje bien cortando jugadas, y desviando remates con los pies, pero cada vez que disparaban violentamente al arco era un sufrimiento. Sin lentes y con mi miopia/astimagtismo habitual, a lo sumo daba manotazos de ahogado a la dirección general de donde parecía provenir el balón. A veces funciono.
Última jugada: gol y la pequeña luz de ventaja que nos permitió ganar el encuentro.
Hasta aquí, la diversión sana y en familia.
Suerte para mi, aunque no lo note en aquel momento, logre que me acercaran hasta casa. Cuando baje del auto tenía que cruzar la calle. Argentino y porteño trucho como soy, cruce casi en rojo y quise correr para no sufrir un arrollamiento. Me desplome en mitad de la calle cuando las piernas decidierón dejar de sostener mi benevola humanidad. Me levante con gran dolor, y antes de llegar a casa tuve que ser izado nuevamente por un transeunte amable que me miraba como si estuviera borracho.
Llegue a casa, logre ducharme y tras tres empanadas, a la cama, a sabiendas que levantarme iba a ser, como minímo, complicado.
Complicado es decir poco: NO PODIA PARARME. Directamente, los muscúlos estaban en huelga por hacerlos trabajar tanto, tan rápido y en tan corto lapso, después de tanto tiempo (último partido: dos años atrás). Tuve que utilizar los brazos, el escritorio, la cama y una silla para lograr levantarme. Llegue a la cocina y no pase de ahí ya que me abalanze hacia el piso, que era lo único que me sostenía, porque las piernas ni ahí. Otra vez arriba y a pedir un taxi.
Con el taxi ya en la puerta enfilo cual Robocop criollo hacia la puerta y tras un par de pasos, otra vez al suelo. Logre, con ayuda, sentarme pero para recuperarme tuve que llegar casi al desmayo y perder la cena en el camino.
En el trabajo cumplí con mis obligaciones minímas desde las 6 hasta las 8 y después volví a casa a tirarme en la cama, porque mi cuerpo no quería más lola.
Estuve dos días para lograr caminar como ser humano, alguna que otra caída sufrí, y hoy, casi cinco días después, todavía tengo las asentaderas y las manos resentidas por los golpes contra el piso, además de que la rodilla supura porquería como si fuera agua.
Siempre pense que el ejercicio iba acompañado con una innecesaria devoción al cuerpo y a la percepción que de uno tienen los demás. Ahora, si bien sigo pensando que aquellos que se visten para ir al gimnasio cosa que los demás se den cuenta, y lo mencionan como hobby cada vez que pueden, son idiotas sin cerebros, también caí en cuenta que todos los extremos son malos.
Si no hago más ejercicio que los dedos en la computadora voy a terminar por dejar de caminar. Y eso, como minímo, es malo.
Moraleja: Haced ejercicio niños o terminareis como Sebastián.
Como llegamos tarde, y los minutos pasaban (y ya nos habían cobrado la cancha), entramos directamente a jugar, sin precalentamiento previo. A lo sumo, pense, me doleran los muscúlos un poco a la noche. ¿Sos hombre o no sos hombre? No paso mucho para conocer la respuesta.
Ya a la primera jugada, barrí en busca del balón, pero lo único que quite fue piel de mi rodilla. Pobrecita, quedo lacerada y dolorida. A la segunda, lo mismo. No me tiro más al piso, me dije, y problema solucionado... no más dolor.
Como mis pases eran menos que atinados, termine el partido en el arco, lugar en que tuve un desempeño decoroso... con los pies. Ataje bien cortando jugadas, y desviando remates con los pies, pero cada vez que disparaban violentamente al arco era un sufrimiento. Sin lentes y con mi miopia/astimagtismo habitual, a lo sumo daba manotazos de ahogado a la dirección general de donde parecía provenir el balón. A veces funciono.
Última jugada: gol y la pequeña luz de ventaja que nos permitió ganar el encuentro.
Hasta aquí, la diversión sana y en familia.
Suerte para mi, aunque no lo note en aquel momento, logre que me acercaran hasta casa. Cuando baje del auto tenía que cruzar la calle. Argentino y porteño trucho como soy, cruce casi en rojo y quise correr para no sufrir un arrollamiento. Me desplome en mitad de la calle cuando las piernas decidierón dejar de sostener mi benevola humanidad. Me levante con gran dolor, y antes de llegar a casa tuve que ser izado nuevamente por un transeunte amable que me miraba como si estuviera borracho.
Llegue a casa, logre ducharme y tras tres empanadas, a la cama, a sabiendas que levantarme iba a ser, como minímo, complicado.
Complicado es decir poco: NO PODIA PARARME. Directamente, los muscúlos estaban en huelga por hacerlos trabajar tanto, tan rápido y en tan corto lapso, después de tanto tiempo (último partido: dos años atrás). Tuve que utilizar los brazos, el escritorio, la cama y una silla para lograr levantarme. Llegue a la cocina y no pase de ahí ya que me abalanze hacia el piso, que era lo único que me sostenía, porque las piernas ni ahí. Otra vez arriba y a pedir un taxi.
Con el taxi ya en la puerta enfilo cual Robocop criollo hacia la puerta y tras un par de pasos, otra vez al suelo. Logre, con ayuda, sentarme pero para recuperarme tuve que llegar casi al desmayo y perder la cena en el camino.
En el trabajo cumplí con mis obligaciones minímas desde las 6 hasta las 8 y después volví a casa a tirarme en la cama, porque mi cuerpo no quería más lola.
Estuve dos días para lograr caminar como ser humano, alguna que otra caída sufrí, y hoy, casi cinco días después, todavía tengo las asentaderas y las manos resentidas por los golpes contra el piso, además de que la rodilla supura porquería como si fuera agua.
Siempre pense que el ejercicio iba acompañado con una innecesaria devoción al cuerpo y a la percepción que de uno tienen los demás. Ahora, si bien sigo pensando que aquellos que se visten para ir al gimnasio cosa que los demás se den cuenta, y lo mencionan como hobby cada vez que pueden, son idiotas sin cerebros, también caí en cuenta que todos los extremos son malos.
Si no hago más ejercicio que los dedos en la computadora voy a terminar por dejar de caminar. Y eso, como minímo, es malo.
Moraleja: Haced ejercicio niños o terminareis como Sebastián.

1 comentario:
Peor fue mi clase de step que me la pasé pateando el pobre step que voló tres metros mas allá de donde estaba. Encima cuando traté de irlo a buscar le destartalé toda la clase a la profesora pasando por el medio y teniendo que esquivar los sopapos de mis compañeras que levantaban los brazos al son de la música teckno. De hecho una me la puso en la cabeza, espero que haya servido para acomodarme la neurona!
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