A tientas (a tontas y a locas)
Quiero vivir para escribir, o quiero vivir escribiendo. Trabajar de escritor, o escribir para no trabajar. ¿A quién represento? ¿Tengo algo que decir, algo que contar?
Alguién que conocí en la facultad me dijo que escribiera sobre mi, que era lo bastante ‘peculiar’ (dijo otra cosa) sin necesidad de la inventiva. ¿Hace falta la imaginación cuando hay tantas preguntas dando vuelta?
No tengo la respuesta para ninguna de ellas. Y, a veces, mi pensamiento rasca la superficie. No va muy profundo, no ve más allá de lo evidente. ¿Sirvo para esto? ¿Por qué no me dedico a trabajar? Operador de radio taxi, compro un autito, trabajo o que lo trabajen y después me muero. Quizás ya venía muerto. Muerto en vida.
No tengo ambiciones verdaderas. Quiero que me conozcan para zafar, no quiero sufrir, quiero surfear esta vida sin que nada malo pase. La muerte me aterra. No quiero morir. No hay una buena manera de morir.
Quiero contar algo que me haga sentir desde la primera hasta la última página. Pero nada ha logrado encender mi imaginación lo suficiente. Escribo, entonces, sin orden ni sentido, lo que se me ocurre, cuando no me queda otra, cuando no tengo nada mejor que hacer. A falta de una relación, de alguién con quien compartir, escribo. O, por lo menos, imagino. Levanto y destruyo universos en mi mente. Es el único lugar donde puedo manejar a la gente. Saber que piensan, sentir lo que sienten. Mirá a la cara de la gente, trato de llegar a sus ojos, a sus sentimientos... ¿qué piensan del mundo? ¿qué piensan de mi? ¿piensan?
Tan egocéntrico puedo ser que cuando me miran creo que están pensando en mi. Mirán porque no tienen otro lugar donde mirar. Me ven pero ni registran.
¿Seré tan inteligente como para calar a alguén con sólo mirarlo, una vez? Siempre lo he creído, y tal vez, sólo tan vez, por eso estoy solito y abandonado por el mundo.
No me gusta el mundo. ¿Es tan difícil llevarse bien? ¿Dejar espacio para que el resto vivo sin joder a nadie? Parece que si. Y mi actitud a mucho les parece displicente, a este todo le chupa un huevo, pero para que hacerse malasangre por aquello que no tiene importancia. La gente se equivoca, ¿y qué? Al final del día, al momento de rendir cuentas allá arriba, a nadie va a importarle nada de lo que hicimos.
Si fuera sociologo o, mejor dicho, antropologo, me estaría preguntando si este desencanto tendrá que ver con la despolitización de los ’90, pero la verdad no veo que importancia tenga.
Si todos nos tranquilizamos, y empezamos a darnos cuenta que el mundo va a seguir corriendo por mucho que nos enojemos, que el día llegará a su fin gritemos o no, que tendremos que levantarnos al otro día a hacer todo lo mismo, todo de nuevo, por más que ganemos esta discusión.
Me parece, pero nunca podré (al menos, ahora no puedo) saberlo a ciencia cierta, que lo que me lleva a querer ser conocido es la incertidumbre, es la necesidad de asegurarme que estaré allí (o aquí) para cuando llegué el futuro.
El futuro siempre llega. Nosotros no.
