domingo, febrero 25, 2007

A tientas (a tontas y a locas)

Ya no hay excusas. No soy joven, no estoy desempleado, no vivo en la calle. Mi familia ni figura, relaciones ninguna. ¿Qué es lo que quiero? ¿Me alcanza con esta vida mediocre, de vuelo cortito y bajito?

Quiero vivir para escribir, o quiero vivir escribiendo. Trabajar de escritor, o escribir para no trabajar. ¿A quién represento? ¿Tengo algo que decir, algo que contar?

Alguién que conocí en la facultad me dijo que escribiera sobre mi, que era lo bastante ‘peculiar’ (dijo otra cosa) sin necesidad de la inventiva. ¿Hace falta la imaginación cuando hay tantas preguntas dando vuelta?

No tengo la respuesta para ninguna de ellas. Y, a veces, mi pensamiento rasca la superficie. No va muy profundo, no ve más allá de lo evidente. ¿Sirvo para esto? ¿Por qué no me dedico a trabajar? Operador de radio taxi, compro un autito, trabajo o que lo trabajen y después me muero. Quizás ya venía muerto. Muerto en vida.

No tengo ambiciones verdaderas. Quiero que me conozcan para zafar, no quiero sufrir, quiero surfear esta vida sin que nada malo pase. La muerte me aterra. No quiero morir. No hay una buena manera de morir.

Quiero contar algo que me haga sentir desde la primera hasta la última página. Pero nada ha logrado encender mi imaginación lo suficiente. Escribo, entonces, sin orden ni sentido, lo que se me ocurre, cuando no me queda otra, cuando no tengo nada mejor que hacer. A falta de una relación, de alguién con quien compartir, escribo. O, por lo menos, imagino. Levanto y destruyo universos en mi mente. Es el único lugar donde puedo manejar a la gente. Saber que piensan, sentir lo que sienten. Mirá a la cara de la gente, trato de llegar a sus ojos, a sus sentimientos... ¿qué piensan del mundo? ¿qué piensan de mi? ¿piensan?

Tan egocéntrico puedo ser que cuando me miran creo que están pensando en mi. Mirán porque no tienen otro lugar donde mirar. Me ven pero ni registran.

¿Seré tan inteligente como para calar a alguén con sólo mirarlo, una vez? Siempre lo he creído, y tal vez, sólo tan vez, por eso estoy solito y abandonado por el mundo.

No me gusta el mundo. ¿Es tan difícil llevarse bien? ¿Dejar espacio para que el resto vivo sin joder a nadie? Parece que si. Y mi actitud a mucho les parece displicente, a este todo le chupa un huevo, pero para que hacerse malasangre por aquello que no tiene importancia. La gente se equivoca, ¿y qué? Al final del día, al momento de rendir cuentas allá arriba, a nadie va a importarle nada de lo que hicimos.

Si fuera sociologo o, mejor dicho, antropologo, me estaría preguntando si este desencanto tendrá que ver con la despolitización de los ’90, pero la verdad no veo que importancia tenga.

Si todos nos tranquilizamos, y empezamos a darnos cuenta que el mundo va a seguir corriendo por mucho que nos enojemos, que el día llegará a su fin gritemos o no, que tendremos que levantarnos al otro día a hacer todo lo mismo, todo de nuevo, por más que ganemos esta discusión.

Me parece, pero nunca podré (al menos, ahora no puedo) saberlo a ciencia cierta, que lo que me lleva a querer ser conocido es la incertidumbre, es la necesidad de asegurarme que estaré allí (o aquí) para cuando llegué el futuro.

El futuro siempre llega. Nosotros no.

4 comentarios:

Anónimo dijo...

f

Anónimo dijo...

Cuando la esperanza queda liberada de la compulsión a la repetición es lo mejor que hay. Ahí sí, ves. Estás fresco, la vida es un pizarrón verde y a estrenar, el mundo es un salón a 23 grados con olor a jazmín. Me gusta sentir la esperanza, que algo me la da, aunque más me gusta sentir que es alguien el que la ofrece. Y es con personas que uno celebra vínculos históricos y amorosos y con quienes hace memoria común.
En un día de lluvia, la gente se guarda en interiores y las diferencias no saltan a la vista. El mundo a conquistar se cierra muchísimo y de golpe se abrazan, a las dos de la tarde de un domingo gris, los mismos sueños que un bancario, el combo cine/shopping con la gorda. El bancario representaba todo lo que no queríamos cuando éramos chicos y la figura en cuya dirección contraria marchamos desde entonces, cada día, excepto los días de lluvia. El horario repetitivo, el sellado violento, los clips, las bandas elásticas, la esponja húmeda y, principalmente o por sobre todo eso, contar el dinero de otros, todo el tiempo. Ver pasar tanto, tanto, que sólo un cerebro diseñado para una descomunal represión puede no enloquecer con la tentación de agarrar los fajos y decir a todos adiós.
Por eso no fuimos bancarios, ni nada que se le parezca, y por otras razones, unas que lamentamos, no fuimos banqueros. En la foto del Banco, nosotros somos los que estamos quintos en la cola con una boleta de Edesur en una mano y el puño apretado de la otra, recordando cuánto nos gustaba que nos hamacaran.
En La habitación del hijo, el padre que representa Moretti, cuando ve jugar al tenis a su hijo dice: “pero este chico no quiere ganar” y se lo comenta a la esposa con preocupación. A algunos nos pasa lo mismo con muchas cosas. Hacemos hasta ahí, llegamos hasta ahí en asuntos que emprendemos porque no queremos ganar. En la versión que más nos favorece decimos que si triunfamos es “demasiado bueno para ser verdad” y entonces no lo hacemos. Pero en la versión que nos deja peor decimos que “llegamos hasta ahí porque es hasta donde podemos llegar”.
Y meás en la bañera de casa y vas a ser un chico todos los años que nos meemos los dedos de los pies con el pis amarillo y empujemos el agua que sigue cayendo de la ducha a donde mandamos el pis para que se mezclen.
Y salimos nuevos del agua, mucho más hombres y optimistas. Y nos afeitamos y nos ponemos un gel after shave de mentol que nos arde y que nos copa. Y nos ponemos una camisa y nos miramos al espejo y tenemos la cara con sol y estamos tan lindos que es un desperdicio sentarnos a trabajar. Trabajar es horrible, una de las peores cosas en el mundo, algo que no se le puede desear a nadie.
Después del fútbol, de haber sido chico en la bañera no te podés poner duro con nadie, ni exigir nada y no podés tolerar que te pidan y te pongan plazos. Por lo tanto si no tenés un horario que cumplir el día se te va en cosas de tu vida más lindas como hacerte unas tiritas de pollo salteadas a la mostaza y mirar películas desde la hamaca paraguaya.

Humanizar el carácter y hacerlo sensible aun con los insectos que no perjudican. Stern ha dicho a una mosca abriéndole la ventana para que saliese: “Anda, pobre animal, el mundo es demasiado grande para nosotros dos”.
Es la tarde calurosa de un domingo defebrero. Estamos con nuestra remera de Bensimon dando lecciones de actitud en un cyber de San Telmo. El celular está apoyado al lado del teclado y al lado del celular hay una botella de Fanta Light vacía y al lado un vaso de café de Mc Donald’s que acabamos, más o menos, a las cinco de la tarde cuando arrancábamos estas palabras llenas de romanticismo, esperanza y humanismo. Sí, estudiante del Tea, captaste bien. Esto lo escribimos al final y te cuento que al lado de toooodo lo que estaba al lado no hay nada más. Está el precipicio, man, a donde la botellita podría ir a suicidarse si entendiera cómo viene la mano.
Insistimos, creerse la última Coca Cola porque tomás un café en Nostalgias mientras te torturan con Serrat es muy decadente. Con cien gestos similares cerremos directamente el país, pongamos bandera de remate. Nos vamos a la mierda y, ojo, no sé adónde va tu obra. Ojalá nos equivoquemos y estos muchachos nos maten con sus ideas y su prosa pero mientras tanto llamamos la atención sobre este nuevo polo creativo donde solamente se puede engordar con gracia por las panaderías alemanas copadas, pero donde hay un viento de la concha de su madre y boliches más tristes que la derrota en Malvinas. Pero bueno, lo que importa es la obra, eso es la única verdad. En la literatura la única verdad es la irrealidad.

Ser famoso, en Francia o en Inglaterra, o aun aquí por Argentina y Paraguay, debe ser algo genial. Los que no somos famosos suponemos esto por el esfuerzo que hacen los que llegaron a serlo para permanecer arriba y visibles y no bajar y quedar a oscuras.
Suponemos que ser famoso brinda las siguientes satisfacciones:
Un reconocimiento permanente de conocidos y desconocidos de distinta instrucción, varias veces por día, en distintos lugares del país.
Un mejoramiento automático en el ranking familiar. La hija que se vuelve famosa en una familia que no sabe de fama pero sí de valorar la fama, gana muchos puntos incluso ante el padre o la madre que la tenía postergada por esa otra hermana que era más linda o más estudiosa. Los padres son, además, felicitados en el ascensor del edificio por vecinos que los conocieron de chiquitos a sus hijos famosos. “Ayer lo vi, ¿es verdad que…?”
Más dinero. El famoso puede negociar mejor salario con sus patrones, porque estos necesitan de la fama de su empleado para atraer inversores, anunciantes.
Una mejor posición relativa en el mercado del amor/sexo/afecto. A un tipo famoso le aumenta muchísimo el mercado de minas a las que puede conocer que antes se circunscribía, si la fama lo agarra de joven, a las pibas de la facultad y si lo agarra de grande, a las madres separadas que toman café a la salida del jardín de infantes de Hipólito Yrigoyen y avenida La Plata. Para las pibas famosas, el delirio de dietas y gimnasia se compensa con novios más lindos y más solventes.
Puede haber más, pero estos considerandos de la fama son suficientes para querer llegar y no querer volver. Claro que siempre hay gente que está mejor de la cabeza que otra y que se da cuenta de la trampa en la que está metida y hace un rulo sobre su vida, sus valores, lo que cree, lo que sabe y hace convivir la fama —que a lo mejor se le volvió inevitable— consigo mismo, con su restaurado yo. Los más tontos cumplen obedientemente el plan de la fama, que es parte del plan del capitalismo de constituir una liga de tipos a los que las masas deben desear o envidiar y quienes orientan el mercado, sirviendo de maniquíes ambulantes para las nuevas colecciones de ropa, de anteojos de sol.
La mayoría no quiere saber nada. Se caracterizan por ser muy vanidosos, pendientes de sí mismos en exceso, de sus ropas, de sus dichos, de su jerarquía. Y suele ocurrir que se olvidan de que no están solos en este mundo. Que hay otros, y que los otros no son sólo aquellos que al mirarlos por la calle los hacen famosos o les confirman la fama, sino que son otros en un sentido más fundamental: señalándoles, insistimos, que no están solos, no y no, e indicándoles que hay algo llamado sociedad ahí, fuera de si mismos, y que lo que hagan o dejen de hacer tiene un peso significativo e histórico. ¿Todo esto para decir “responsabilidad”? Bueno, responsabilidad. Uno ayuda a mejorar o ayuda a empeorar el lugar en el que vive. Lo que le cabe a un anónimo barrendero, le cabe también a un famoso conductor de radio y televisión. Y éste último, con su colaboración o su daño sirve consecuencias mucho más grandes y duraderas.
Por eso, para seguir escribiendo, hay que tener un ojo puesto en la posteridad, mientras el otro no se pueda despegar de nuestros contemporáneos.
Como dijo Ricardo Balbín, “yo no tengo soluciones”.
Y escribir sobre esta realidad tan creada por los medios, que nos deja tan impotentes y hastiados, sólo puede ser compensado por la creencia de que en el futuro nos traten como a los patriotas anónimos que le tiraron aceite caliente a los ingleses en la cabeza para que se vayan.
Pero no nos demos tanta importancia, hagámoslo porque sí.
Hace algunos años, un tipo flaco, bonito y talentoso se tiraba a las vías de un tren en Santos Lugares. Su nombre era Fabián Polosecki, conocido desde chico como Polito y como Polo. La noticia salió en los diarios porque Polito había trascendido su casa o de su barrio y se había convertido en un personaje público, no famoso, ni siquiera muy conocido, pero sí, suficientemente reconocible por quienes, por ejemplo, escriben los diarios quienes finalmente dictaminan (sin que esto sea muy importante), qué muerto debe ser llorado públicamente y a qué muerto le toca el mero acompañamiento familiar y del grupo de amigos que se haya hecho en el tiempo que le tocó desarrollar sus rutinas.
Polito había hecho dos programas de televisión, “El otro lado” y “El visitante”, que eran experimentos periodísticos audiovisuales y anti rating que tuvieron el buen ojo de Gerardo Sofovich quien les dio pantalla en el canal ATC, durante el primer gobierno de Carlos Menem, cuando el director de Los caballeros de la cama redonda era el administrador del canal estatal. Naturalmente, el programa contó con el reconocimiento de los que siempre esperan otra cosa de la televisión y todavía no tiraron el aparato por la ventana e, imprevistamente, la cálida acogida del grupo de gansos que manejan la televisión y que, cada tanto, resuelven perdonar la vida a uno del equipo de enfrente a quien se le dice: lo hacés bien, lo hacés mejor que nosotros, venite del desierto al hotel que te voy a premiar. Y le dieron algunos de los galardones conocidos como Martín Fierro. Es como un chivo expiatorio al revés. O más retorcidamente, un chivo expiatorio al derecho. Una operación, como dirían las estudiantes de Letras, que fue tan rápida que ni siquiera se puede marcar históricamente, porque Polo que más que flaco, bonito y talentoso, era un tipo que la pasaba pésimo, se mató pronto.
No nos parece lindo hablar de los muertos. Por algún tipo de respeto escrito en algún código moral que no leímos pero que aplicamos con la misma destreza con la que nos ponemos de pie, no lo hacemos. No es nuestra culpa, sin embargo, que con demasiada frecuencia o sospechosa frecuencia se pone a Polo y a su primer programa, sus doce capítulos, en el centro de homenajes y revisiones y mesas redondas a las que, incluso, se han prestado algunos de nuestros mejores inmigrantes como el rumano Tomás Abraham.. En la ciudad de Buenos Aires, los últimos años tuvieron retrospectivas de Polo en el Museo de arte moderno y en el Centro Cultural General San Martín.
El Otro lado era un programa bien escrito que contaba con Marcelo Birmajer y Pablo de Santis en el armado de los guiones. Rápidamente, recordamos un programa sobre los buscadores de oro en el arroyo Maldonado, debajo de la avenida Juan B. Justo y otro sobre jugadores compulsivos con un tipo genial de saco azul hablando en el paddock del Hipódromo de Palermo. Polo también aparecía en cámara fumando y sonriendo con humildad como un detective emocional. El guión no hilaba los testimonios sino que hilaba el recorrido de Polo por los márgenes, por los vericuetos, o por las hendijas (como dicen los periodistas) de la sociedad. Tal vez era un poco populista el programa pero no bajaba una línea demasiado obvia o demasiado tonta y la moraleja era que el mundo es un quilombo y que unos buscan oro y otros apuestan y otros se garchan ovejas para tratar de calmar la angustia, siempre la misma angustia de saber que la vida no conduce a ningún lugar.
“Hay algo peor que la angustia de la página en blanco.
Algo peor que no tener ninguna historia que contar:
es haber oído demasiadas, y no poder olvidarlas.”
FABIAN POLOSECKI (1964-1996)
No se muy bien como llegamos acá, pero bueno...es lo que hay supongo que lo importante es mantener cierta dignidad aunque nunca sea reconocida...lo importante es que este, creo. Y gracias.

Sebas dijo...

Dios. Me gusto la frase de Balbín. Pobre Chino. Siempre del lado de los perdedores. Y cuando estaba del lado de los ganadores, ganaban los demás, él no. Epica nacional, supongo. Un viejo ladino opuesto a otro viejo ladino. Algunos dicen el otro lado de la moneda. Tal vez: la misma mier** con distinto olor.

La Incondicional dijo...

Buenísima tu reflexión sobre Balbín.