sábado, octubre 28, 2006

17 tiros

Esto lo escribi en otro lugar y lo estoy posteando un poco atrasado, pero la opinión se mantiene así que vale:

Iba hacer algun chiste en alusion al 17 de Octubre, pero en vista de lo ocurrido solo unos comentarios: Se cagaron a tiros a los 20 y se vuelven a cagar a tiros a los 50. No se aburrirran??? Ademas da la impresion de que los tiros sale de la misma mano. Me causo gracia escuchar que habian filmado a quien disparo: cuando la masacre de Ezeiza tambien filmaron y nunca se llego a nada. Ironia al cuadrado. Y los invito a disfrutar de esta historia que a mi entender explica algunas cosillas: para hacerla cortita, se decia que si Perón se encontrará ante un cruce de caminos, guiñaria hacia la izquierda y doblaría a la derecha. Perdón por salir de los temas habituales, pero me parecio que despues de hablar tanto de este finado era apropiado dar mi opinión.

1 comentario:

Anónimo dijo...

Una vez tragedia, otra, farsa. Sí. Pero por un pelito, nomás. Sólo porque el gordo del Sindicato de Camioneros tuvo mala puntería o porque los de la UOCRA corrieron suficientemente rápido, logramos ahorrarnos a Santo Biasatti haciendo trompita y hablando de La Tragedia de San Vicente. Con tan sólo unas cuatro docenas de heridos por piedrazos, podemos pasar de las necrológicas y concentrarnos, primero, en la colección de despropósitos que nos regalaron los medios de “comunicación” (que se hicieron su agosto, en pleno octubre) y luego, en el gobierno, que pasó uno de los “dos octubres” que faltan para la reelección pingüina chamuscado por la (¿su?) necrofilia.
Ante todo, ese decano de los movileros que es (tras el retiro de José De Zer) Julio Bazán, que no se cansó de hacer ostentación de su vena irreprimiblemente gorila, insistiendo durante interminables minutos en que las patotas sindicales estaban opacando “una fiesta”. Que se sepa, sólo en México es festivo el Día de los Muertos. Este 17 de octubre, ¿cuál habrá sido el motivo de la “fiesta”? Sólo unos minutos después, el inefabílisimo Antonio Cafiero, peronista de profesión que parece de vocación, verbalizaba el neologismo de la agitada jornada: preguntado que fuera acerca de los incidentes, respondió airado:
— ¡No me gorilée!
¿Perdón? El periodista, anónimo para mí en este caso, le hizo tan sólo la misma poco original pregunta que se le hace habitualmente a los testigos de accidentes en la calle y no merecía semejante respuesta destemplada. Vaya a decírselo a Bazán, don Antonio…
Pero Bazán, a esta altura, había pasado a otro tema y no dejaba de anticipar, indignado, “cómo nos verán de afuera”, después de la balacera camionera y los piedrazos de la UOCRA. Editorializaba desde el móvil, en vivo, Bazán, con impostación idéntica a la que en estudios utilizaban Santo y María Laura Santillán. La brutalidad de los peronistas y, más aún, la de los “sindicalistas” peronistas es el óleo que exorciza a esa clase media cuya manera de ser (también) peronista consiste en aborrecer la política. “Los violentos” habilitan el refugio de la buena conciencia para los militantes clasemedieros de la antipolítica, que en días como estos alcanzan su paroxismo verbal.
Claro, la violencia permite escamotear el hecho no por no violento, menos absurdo, del regodeo necrofílico con un cadáver que ocupó la imaginación de todos en esos días. ¡Por Tutatis!, si uno de los entrevistados más frecuentes en las radios ha sido Ricardo Péculo, tanatólogo y ex-concejal peronista de San Isidro, ¿primo, hermano? de Alfredo, el ex-Convencional Nacional Constituyente y rotario de Cochería Paraná... Y el gobierno le tendrá que agradecer a Emilio “Madonna” Quiroz, diz que chofer de Moyano Jr., por haberle ahorrado el papelón de oficiar en el altar dispuesto por la CGT. Algunos dirán que el gobierno K no necesita salir en la foto con los horribles para ser un gobierno del que hay que huir despavoridos, pero todos coincidiremos en que este gobierno nunca podrá ser del todo aceptable mientras se apoye en regiones del gigante invertebrado como las que ese 17 estuvieron en convulsión. Fue sólo la guerra de hinchadas de clubes sindicales opuestos la que hizo desistir a Kirchner y su gabinete (y al mismísimo Raúl Alfonsín, dicho sea de paso) de hacerse presentes en el palco armado por el Momo Venegas, de las seis-dos, y el matrimonio del ex-intendente de San Vicente José Arcuri y de su mujer y sucesora Brígida Malacrida, del duhaldismo unreconstructed.
Digamos con más precisión que haber zafado fortuitamente de la escena no redime a Kirchner de su cotidiana familiaridad con los cadáveres. Se trate de ese sindicalismo que lleva años muerto y que deambula como hinchada zombie por todos los actos en los que “hay que meter gente”, se trate de cadavéricos como Manolo Quindimil, se trate de los cadáveres nunca entregados o lanzados a la mar de los desaparecidos/compañeros peronistas, la dramática y la retórica presidenciales está siempre rodeada de omnipresentes cadáveres, como en el poema afiebrado de Néstor Perlongher.
Una de las consignas más perdurables y desagradables del cancionero militante juvenil-estudiantil peronista post ‘83 dice (con música de “Bobby mi buen amigo”, esa publicidad de los milicos que se preocupaba por las mascotas abandonadas en la costa en el verano) “Trosco, muy mal parido/vení contáme de tus desaparecidos/vos no sufriste/la represión”. Ahí está encerrada toda la cosmovisión autolegitimante de los diversos peronismos. Partiendo de la falacia de que no hubo desaparecidos que no fueran peronistas (empezando por Felipe Vallese), siguiendo por la de que las únicas víctimas de toda represión desde 1945 (empezando con Darwin Passaponti,) fueron los peronistas, se dibuja una fábula con dos moralejas. La primera dice que no hay peronismos, sino peronismo, unificado en el duelo común por los caídos comunes. La segunda, que el monopolio de la legitimidad política lo tienen los peronistas, por lo que sólo se puede hacer política siendo peronista, lo cual, visto de cerca, en nada difiere de aquel “yo no hice nunca política, siempre fui peronista” de la proverbial pluma gorila de Osvaldo Soriano.
La risa que provoca la farsa tiene a veces un componente pedagógico. La escenificada tal vez sea la advertencia farsesca de que es mejor dejar a ciertos cadáveres en paz. Que cuando algo se transforma en objeto de codicia para patotas pre o pospolíticas, es —tal vez— porque ha agotado su capacidad de conjugar imágenes de futuro, porque se ha transformado en puro objeto y su veneración (si el aplacarse de la crispación la hace posible) es pura nostalgia. Un abrazo.