Abasto de desechos
Estoy sentado justo en el medio del Abasto, despatarrado en un sillón demasiado cómodo para mi cansancio. Miro hacia arriba, donde el techo. Recorde como golpeado por una maza que me cobijaba el techo del que supo ser el orgulloso Mercado de Abasto. "Yo conozco de mercados," pienso, "no puede ser muy difícil imaginarme historias de alguna laya":
Ya puedo ver los pisos grises, rugosos, de cemento. La atmósfera fresca y
oscura, los cafetero revoloteando los puestos con pregones medievales.
Alrededor, nuevos (viejos) camiones esperando su momento para cargar o descarar
sus cajones de esto y aquello. Los gritos sordos de los vendedores, delantales
azules, verdes, bordo...
No es fácil imaginar con aire acondicionado, música funcional, y colores pasteles. No, amigos, creánme que no es fácil. Y no es que añore el pasado, sino que me revienta no poder recordar aquello que no viví. Trato de ver changarines, puesteros, compradores... hasta compadritos y tangueros; lo único que veo es al guardia de seguridad pasteurizado mirándome raro, preguntándose: ¿Estará escribiendo sobre mi, este?
Esta todo en los intersticios del techo, en los vidriecitos incrustados, la tierra... la mugre que se junta. ¿Habrá mugre de los '30? Me parece que no ha nada, eso es lo que hay. Hace rato que acá no hay nada. Un lugar para estar dentro de uno, para no estar, un no-lugar. Todo lo que me rodea, tan prefabricado, tan ajeno a mi, que me siento flotando en el vacío, un vacío que ni siquiera es mío.
Recomiendan los que saben un arte de la reconstrucción, un collage de los desechos. Es difícil cuando nos han quitado hasta los desechos.

2 comentarios:
Aviso: el que sigue es un comentario muy pelotudo...Si hay algo que disfruto de los shoppings y de los supermercados y de los aeropuertos y de las estaciones de trenes modernas, es el piso. Son lisos, brillantes, claros, limpios y resbaladizos con la suspensión justa para bailar cuando nadie mira. Es en esa especie de anonimato panóptico que puedo marcar con más ímpetu los pasos de tango que me enseñaron en mi primera y última clase.. Como si fuera una estrella de los “Encerados del Consumo y del No Lugar”.
Yo cuento baldosas, y alguna me han enganchado para luego observarme con lastima. Pobre pibe, habran pensado.
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