domingo, marzo 11, 2007

El diccionario colgante de Maria Moliner

El sábado pasado, tras sortear el cumulo de padres comprando libros para el colegio (o mejor dicho, descubriendo que era la libreria de al lado) llegue hasta el mostrador de mi libreria amiga (Ramos, en Quilmes). Retire un pedido (la biografìa de Kafka, escrita por Max Brod, que tuvo un excelente marketing por parte de R. Piglia en "Respiración Artificial") y pregunte por preguntar cuanto salía el diccionario de Maria Moliner. La respuesta, previa busqueda en la computadora, me helo la sangre: setecientos cuarenta y ocho pesos con cincuenta centavos. Quise huir despavorido. Pero no. Suerte, porque el librero, a modo de disculpa me conto la pequeña historia/anecdota del diccionario. El asunto es que Doña Moliner, ni escritora ni filóloga ni nada, era una aficionada a las palabras cruzadas. Cuando se dio cuenta que sus diccionarios estaban faltos de definiciones y, peor aún, palabras, empezo a juntar palabras. Como tenía tantas, y para ordenarlas, decidió colgar los papelitos con cada una en una soga para la ropa cuyos extremos estaban atados a ambos lados del living. Para cuando quiso acordarse tenía la habitación llena de papelitos colgados. Ahí fue cuando el marido creyo que su esposa se había vuelto loca.
Pero no, sólo saco de la galera el diccionario más famoso de lengua castellana. A must para escritores.
(No chequeé esta historia en lugar alguno. Prefiero la frescura de la transmisión oral, vehículo fundamental de transmisión de cultura. Y, como ya he mencionado en alguna oportunidad, la excusa perfecta para ser un vago.)

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