Señal que cabalgamos
Ayer vi la peli del Código Da Vinci. Aunque sin ser nada del otro mundo me gusto. Lo raro vino después: ya en casa, antes de irme a dormir, estaba haciendo zapping y me tope con el programa de Mariano Grondona. Suelo evitarlo, pero como estaban hablando justo de la peli deje un rato. Me encontre, por un lado, con posiciones pro-católicas y, por el otro, con un ateísmo edulcorado que no me atrevería a llamar anticatólica. Una discusión normal, hasta que en un momento uno de los panelistas "pro-cat" ante la aseveración de que la Iglesía Católica persiguió el disenso hasta llegar al asesinato contesto algo así como "no veo que estemos persiguiendo a nadie". Esa frase me provoco escalofríos: todos aquellos en contra de la la Santa Iglesía deberían ser perseguidos y quemados, pero por nuestra inmensa magnimidad los dejamos que hablen. Una especie de "señal que cabalgamos, Sancho" en versión inquisitorial. No sorprende sabiendo que clase de persona es el nuevo papa Mazinger XVI. Brr.

1 comentario:
Sin renovar sus isotipos, sus logos, la señalética de los pasillos y de las parroquias, el Vaticano, ¡la Iglesia Católica!, es visiblemente la compañía más vieja de todas las que colocan simbolismos en el mercado global. Atrasada en lo superficial pero, eso sí, obteniendo nada más que triunfos en la escena pública, como si fuera una institución perfecta, y a prueba de fallos. Una distancia sideral le saca al resto de las organizaciones que nos invitan a creer en lo que sea. Y no es sólo el talento para mantenerse; su misterio, su milagro, su virtud, es que: no hay recompensa en acciones para nadie, ni presentismo, ni productividad. La religión, Dios, merecer el cielo, es a cambio de nada. Una tendencia que campea en el progresismo (en el mundial), nos dice o nos invita a creer que esto prueba que los curas son los malos perfectos. Son tan, tan malos, que pueden hacer maldades absolutas, redondas. Esta versión desmiente que sean hombres guiados por Dios, que creen en serio en él y en las enseñanzas de Jesús, que son reveladas en los Evangelios. Esta visión continúa en diálogos grotescos de sobremesa en los comedores cercanos al Concejo Deliberante, con la idea de que los Cardenales son todos hombres de negocios que, a lo mejor, creyeron en Dios a los quince años cuando eran boy scouts, pero que ahora son unos chantas, reprimidos sexuales y que mirá el orto que tienen de manejar semejante quincho. En un mundo tan a la vista, tan pornográfico, con tantas cámaras ocultas, que una institución resguarde su intimidad como lo hace la Iglesia, es digno de admiración. Significa que es una institución sin traidores, o sin traidores ostensibles, evidentes, y donde los pañales de adultos sucios se lavan adentro, con todo el tiempo del mundo, en la creencia, eso sí, de que ese mundo y el tiempo son cosas de ellos. Es una institución fascinante donde los secretos se llevan a la tumba por convicción y no por un contrato de rescisión de servicios millonario como se hace en Clarín o en Hewlett Packard.
La muerte de Juan Pablo nos permite pensar en la Iglesia de un modo poco habitual, especialmente si miramos el detalle de la transición. Digo, el martillito, la rotura del anillo, el embalsamamiento y el cónclave inminente. Los secretos del Vaticano, sus sótanos, sus finanzas, todos sus misterios se ponen en primer plano, distinto que el resto de los días en que los Papas no se mueren y, la Iglesia, es un frontón muy cómodo para descargar nuestras impericias en dar los saltos en la calidad de vida de nuestra gente que, creemos que hay que dar. El tema del aborto y los preservativos, como ejemplos más reconocibles. De más está decir que, en cuanto a la prevención de las enfermedades de transmisión sexual, hay más de una versión en la Iglesia. Y es cierto que no tienen opiniones contradictorias con el tema del aborto. Pero hay que aceptar que tienen derecho a sostener que hay vida desde la gestación y que no tienen porque atenerse a parámetros científicos para decir lo que piensan de las cosas. Como aceptamos tantas cosas con mucho menos complejo. Pero, ojo, porque esto se pierde de vista: en la Argentina no hay aborto despenalizado porque los legisladores no lo aprueban. Está claro que a los curas les parece mal y presionan para que no se sancione pero los salames de los integrantes de legislandia se dejan presionar. Los curas no levantaron sus iglesias de los países donde el aborto se practica en hospitales. Ni levantaron sus escuelas, ni el Papa dejó de hacer sus visitas pastorales. Lo pasaron a pérdida. Así, como contadores, parte del arte de resistir dos mil años. Esos son temas que van a la velocidad de las elites políticas y las elites políticas no son formateadas por la Iglesia. No aquí. Pero el tema es que, si hablamos de la Iglesia en nuestra sucursal local del progresismo mundial, la agenda anticlerical te la arma o, al menos la representa, aplicadamente, el suplemento de señoras Las 12, una agenda resentida y superficial, mezclada con avisitos de cremas para las manos que sí auspició la llegada de Chacho: a la nada. La Iglesia está sometida al escarnio diariamente: curas pedófilos, capellanes copados con los marineros, monjas que tortean, todo es una risa. Según esta visión, la Iglesia se encarga de impedirte desear, quiere que abortes en malas condiciones, quiere que estudies mal y que los profes de música abusen de tus hijos. Con los necios (y las necias) no puede ni Dios, dice la Biblia. Hay un costado represivo que el progresismo mundial le imputa a Iglesia que hace el recorrido siguiente. Los tipos, los curas, te piden que no desees a la mujer de tu prójimo y que no seas vanidoso y, entonces, es como que te autoreprimís, tragás bilis, sudas a la noche, te casás con la que no te gusta, comés palitos salados mirando la tele, y después, un día, estallás y te cojés travestis. Bueh. Es verdad, a la Iglesia le parece mal que te cojas muchas minas y prefiere que te cojas a tu señora y tengas muchos hijos. ¡Ahora, qué hijos de puta que son! ¡Qué turros los curas! Están a favor de lo que, finalmente, desean todos los que se enamoran. Habiendo visto muchas cosas y leído otras más, puedo confirmar que el Catecismo es un lugar en el cual se forma a los pibes a ser buena gente, aunque no se garanticen los resultados. Si saliste mal, no es que te enseñaron mal, sino que no quisiste hacer los deberes. La Iglesia es un lugar donde, fundamentalmente, se enseña a hacer el bien. Y, si eso es así, qué importa si Dios existe o no. Es una instancia más que tienen los pibes de escuchar otras razones que las de la compra-venta, el tufo mercantil que olerán toda su vida. Claro que algo de eso no dura. Si muchos no tenemos nada que ver con la Iglesia, aunque hayamos tenidos experiencias de fe, es por la falta de pecado que reina en la institución, por la falta de inteligencia y de humor. Algunos nos hemos puesto tan sarcásticos que ya no nos entendemos con nadie. Pero no sólo con los curas y los sacristanes: nos pasa con el plantel gerencial de Coto y con las pibas que atienden la barra del Podestá. El capitalismo es algo tan horrible y poderoso que, posiblemente, convencerá a los curas de vender hamburguesas en cada capillita del mundo y ahí sí, cagate de risa de Mc Donalds pero, mientras tanto, hay un montón de lugares en el mundo donde alguien puede hacer una cola por un plato de comida que viene gratis. La iglesia da de comer y dar de comer a los que tienen hambre es tomarse el trabajo y no ser una mierda. Pero tiene poco swing, a diferencia de la lealtad que se tiene con la compañía Coca Cola o la empresa textil Bensimon, las instrucciones que la Iglesia les da a sus fieles están muy mal vistas entre la gente que va a los cumpleaños que vamos nosotros. Barcelona (la revista) pegoteó ,en algún momento, la ciudad con un afiche supercruel y, por ello, ¡gracioso! Está la imagen de Juan Pablo II y la de Terry Schiavo encerrrados dentro de un corazón. Y se pregunta: ¿El romance del año? Jajajajajajaja. Se puede entender que las personas que hacen la revista Barcelona crean que todos los que creen en Dios son boludos. Y que les parezca muy graciosa esa imagen de Schiavo agonizante, pero por un instante deberían considerar que ni los creyentes ni los familiares de Schiavo se burlarían de ellos. El afiche “parece” valiente, audaz. Pero es todo lo contrario. No pudiendo apostar por nada, Habiendo perdido el optimismo vital, te la agarrás con los indefensos en una acción desigual y cobarde en nombre del “arte” o la libertad de expresión. La revista lleva como dos años. ¿Dos años pensando crueldades todos los días? ¿Setecientos y pico de días? Como la humanidad está sonada, la crueldad está asociada a un montón de cosas divertidas como los chistes fuertes. O al buen sexo. Los malos y las malas siempre gustan más que los buenos. “Es malo, seguro que coje bien”. “Es mala, es recojible”. Y se constituye otro de nuestros círculos viciosos, asociado a otro en el que la gente trabaja en cosas que lucen bien pero que hacen mal a los demás, y les hacen mal a ellos. Está confirmado que el mundo es una mierda. Y no lo han empeorado los curas. Pero a mí se me pasó el cuarto de hora. Como tantos, hice una opción más pesada por un mundo más reventado, que tampoco lleva a ningún lugar: una opción de mirar pendejas y pensar feo. No obstante, cuando paso por una Iglesia me siento seguro, me siento como en casa. Sé que ahí dentro, con todo lo que pueden denunciar los periodistas, León Ferrari y todos los artistas geniales, hay una estructura moral que reconocerá mis debilidades y no se aprovechará de ellas para cagarme. Que haya curas abusadores, cuidadores del oro de los ricos, hipócritas, cómplices de los torturadores, no es ningún descubrimiento genial. Así son las cosas con los seres humanos. Pero me parece que en las críticas a la Iglesia, a sus métodos, en la burla a los creyentes, al Papa muerto, hay mucho de chispa adolescente y de excusa para no querer portarse bien y ser buena gente.
La Iglesia, posiblemente, considera que pese a contar con Dios de su lado, algún día, sus símbolos, sus personajes, sus huesos pueden ser olvidados para siempre y encontrados por un perro del futuro. Y nos preguntamos si esto será porque son humildes o porque, también ellos, en el fondo, son pesimistas.
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