Signos de una época
Ya de camino a la iglesia, pude ver personas que, a partir de esa sociología de entrecasa que cualquiera hace en la calle, deduje se dirigian a participar de la ceremonia. Las ropas, un modo de caminar que decía "estoy cumpliendo con mi deber", las caras relucientes, me lo indicaban. Ya en la plaza que está frente a la sede parroquial había una treintena de personas en corrillos de tamaños varios, algunos charlando, otros viendo las artesanías que se ofrecían sobre las mantas, o tan solo observando el ir y venir. Como yo.
No pude evitar reconocer rostros de antaño. Más ajados, si, pero demostrando que la religión superaba al tiempo y los achaques. Estamos hablando, despues de todo, de una iglesia que tiene más de 1000 millones de bautizados, según datos recogidos en la Wikipedia.
Una vez adentro, reconfortaba el hecho de estar junto a tanto calor humano, estar dentro de una comunidad, que sin embargo no lo es sólo por compartir. Pero lo parece. Y otros signos exteriores apoyan la idea de comunidad: lo pálido de las prendas de vestir, lo chato de las conversaciones y lo regular de las costumbres religiosas dentro de la Iglesia: Entro, hago la señal de la cruz, y a mi asiento. Luego el sacerdote, vestido con casulla blanca y cubierto por una estola de color verde, adornada con detalles dorados, hace su ingreso, acompañado por dos niños, sumisos, bien peinados, callados.
La celebración refuerza el carácter ceremonial y antiquismo del asunto. -Que Dios esté con vosotros -dice el cura. El gentío responde: -Y con tu espíritu. Todo es así, como buenas ovejitas que somos, seguimos al líder. El único momento en el que el sacerdote "baja" a la tierra es cuando llega el momento de rezar el Padrenuestro: Todos juntos y tomados de las manos aunque, eso si, sin mirar al de al lado, no sea cosa que se le resquebraje la mascara. Y esto sigue cuando llega el tradicional "beso de la paz". Una especie de haz bien sin mirar a quien, pero carente de cualquier sentido. Ni emociones y menos aún ese reconocerse en el otro que trae consigo el saludo sincero.
Todo resulta falso, impostado. Y, sin embargo, al momento de comulgar, dudo. No estoy confesado. Y si no estoy confesado las leyes eclesiales dicen que no soy puro para recibir "el cuerpo de Cristo", ya que no estoy en "estado de gracia". Nada tiene sentido pero también necesito ser parte de una comunidad, aunque sea imaginada, porque, después de todo, ¿no lo son todas?
El evento termina con todos cantando una canción de cuya letra prefiero no acordarme, pero que tenía, eso si, muchos "hosanas en las alturas". El cura sale a la calle para llevar la buena nueva al pueblo, y su pueblo lo sigue... solo hasta la explanada de la iglesia. Hasta ahí llego mi amor. Después, tasa tasa, cada uno a su casa. Cada uno por su lado, y sin mayores pensamientos que el almuerzo o las actividades de la semana que entra.
"Dios es mi pastor, nada me falta," dijo el cura durante la misa. Si nada es real para mi, lo mismo le debe ocurrir a muchos de los concurrentes a las misas dominicales. ¿Entonces? La iglesia, nuestra religión, es un signo de quietud y beatitud ante lo cambiante del mundo. Si los significados están cambiando todo el tiempo, necesitamos signos perennes, y fieles a si mismos. O que, por lo menos, aparenten serlo.

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