miércoles, noviembre 08, 2006

Modernos divagues

“La vida moderna tiene más de moderna que de vida”
-Mafalda

La vida cotidiana no deja lugar para la introspección. Cómo vamos a pensar en el mundo que nos rodea, el pasado y el futuro, con cierto grado de lógica, si tenemos que ocuparnos de sortear las escollos que nos impone la intrincada realidad que nos rodea. Una avidez de consumo reemplaza la sensación de estar vivo: una ecuación en la que el signo igual es aterradoramente tranquilizador, consumo = vida. El hecho de empujar con nuestra manito la pesada rueda del capitalismo para que esta siga girando como antaño (iba a escribir “como siempre”, pero implica una eternidad frente a la que no estoy dispuesto a doblegarme todavía). Es más, ahora caigo en cuenta que al hablar de “capitalismo” estoy escondiendome detrás de la gran excusa para todo, el agujero de ñandu de la vida moderna, en el interior del cual todos los males son echados y revueltos para sacar de él la GRAN EXPLICACIÓN que supone iluminará la desgracia mecanizada en la que se ha convertido nuestra vida. La verdad descarnada es que una bolsa de gato que simplifica lo infinitamente complejo. Se me dirá que también yo me escondo tras el relativismo de la última frase. Puede ser, y lo peor de todo es que es inevitable. Una gran teoría social que abarque toda la vida es una inmensa quimera. No tanto porque sea imposible per se sino porque la realidad se ha vuelto tan dispersa, inahaprensible si se quiere, a partir del incremento de la demanda. Cuanta mayor cantidad de productos (en sentido amplio, se entiende) haya a disposición del consumidor, mayor la probabilidad de satisfacer una necesidad (presumiblemente) insatisfecha. Esa es la “belleza” del asunto: el capitalismo, esta vida económica en la que nos encontramos inmersos, crea la insatisfacción pero también los medios para satisfacerla. Cut the cake and eat it too.
La esfera pública, la discusión política[1] ha sido reemplazada por un montón de boberias, datos en los que nadamos diariamente, inconexos en los que el mundo del espectáculo y de la política son escalofriantemente similares. Se ha hablado de la política del espectáculo, y no podría ser más cierto. La confrontación de personalidades en lugar de la discusión ideológica (la cual prefiero incluso con su carga inherentemente negativa), y mientras en el transcurso del siglo pasado habitualmente este intercambio cuasi positivo se vio reemplazado por lealtades más o menos erroneas, hoy en día ha dejado lugar a la bulla entre aparatos, showman vs. showman (celebrity deathmatch), donde la masa guía a la masa, encuesta mediante.

Sobre este tema hay mucha tela por cortar aún pero prefiero dejar acá, más por pereza que por otra cosa, no sin antes citar a Max Weber, que resume en un par de líneas lo que yo no podría decir en un millón:
“Es el destino de nuestra época, caracterizada por la racionalización, por la intelectualización, y sobre todo por el desencanto del mundo, en la que precisamente los valores supremos y los más sublimes han dejado la vida pública para refugiarse ya sea en el reino extramundano de la vida mística, ya en la fraternidad de relaciones directas y recíprocas entre individuos aislados.”
29/10/2006
[1] En el sentido original de polis.

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